jueves, 13 - Dic - 2018
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LAS AVENTURAS DE GRANADOS

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Aprovechando el estreno del Documental “Pedaladas contra el Destino” del aventurero español en bicicleta Juan Menéndez Granados el pasado mes de diciembre, recordamos el reportaje que publicamos sobre él en el número 1 de Bikes World.

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Casi siempre con su fiel MMR como única compañía, o ahora una Surly si se trata de rodar por la nieve y el hielo, ya son diez las rutas ‘inalcanzables’ que este oriundo de Pravia (Asturias, 1982) ha culminado habitualmente con éxito; tantas como años lleva superándose a sí mismo en los más exigentes escenarios. “Me siento orgulloso de haber ido paso a paso”, nos cuenta Granados recién aterrizado desde Finlandia, donde ha protagonizado sus dos últimas aventuras. Y es que muchas etapas ha tenido que superar a lo largo de su trayectoria hasta acabar cruzando las gélidas superficies del mar Báltico y el lago Inari, el sexto más extenso de Europa. Desde luego, experiencias más impactantes incluso que cambiar en cuestión de horas una temperatura ambiente de 0ºC por otra de 27ºC, con la que fue recibido en Madrid.

“Empecé desde abajo, haciendo el Camino de Santiago con 16 años y recorriéndolo luego otras dos veces más. Después afronté la Transpirenaica y al final, tras 10 años dedicándome en exclusiva a esto, ya estoy efectuando expediciones de mucha dificultad”, asegura un deportista que se vio impulsado a ello por el ánimo “de explorar, de conocer y de aprender”.

Moviendo en condiciones ‘normales’ un desarrollo de 22x32x42 en plato y 11×34 en piñón Granados afirma que su bicicleta “es muy similar a una MTB corriente, pero un modelo un poco curioso”. “Presto bastante atención a los sistemas antipinchazos de los neumáticos y cambio los radios, las alforjas y los portabultos. Si quieres comprar buen material y no tienes nada, debes estar dispuesto a gastar en torno a 500 euros en esa personalización, destinados a adquirir componentes buenos que no te fallen”. Aun así, reconoce que precisamente las ruedas, los portabultos y su tornillería son los componentes que con mayor frecuencia se le estropean pese a la inversión realizada.

El vil metal

No obstante, su desembolso total abarca más allá que el presupuesto de la máquina. “Consiste en hacer números. De los vuelos, de la comida, del combustible, de los excesos de equipaje, de algunas noches en albergues, de los traslados en los aeropuertos… y luego están los entrenamientos especiales, porque una ruta muy potente te puede llevar una preparación de ocho a doce meses y también necesitas dinero para eso”. Una situación agravada por la actual coyuntura económica y que complica la captación de posibles ‘sponsors’. “En los buenos tiempos, si se les puede llamar así, la gente no me conocía mucho. Aun teniendo proyección, ¿cómo saber si a esa persona no se le va a ir la cabeza y después de un año todo iba a acabar en nada? Entonces faltaba esa confianza de los patrocinadores. Ahora, que ya empiezo a ser seguido por el público y los medios de comunicación, no hay dinero. Las puertas se abren de manera más o menos fácil y te reciben, pero la situación es crítica. Todavía no logro costear las expediciones. En verano tengo que irme a trabajar fuera, muchísimas horas al día y en condiciones complicadas”.

Aunque si algo ha demostrado Granados es su capacidad para salir victorioso de las situaciones difíciles, como aquella en la que se vio rodeado de rifles apuntándole en su viaje a los Urales. “En algunas zonas de Rusia, que es enorme -no solo Moscú y San Petersburgo-, la gente me tomaba por un espía y llamaba a la policía. Ésta llegaba con los ‘kalashnikov’ y me sometía a auténticos interrogatorios, si bien al final no pasaba nada porque no había nada”, rememora aludiendo a los tiempos de la Guerra Fría. Sin embargo, los momentos en lo que alguna vez ha temido por su vida resultan menos ‘hollywoodienses’, haciendo bueno el manido dicho de que no siempre valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. “En ocasiones estás en el filo de la navaja porque te encuentras débil, o estás en medio de una tormenta, o porque no tienes suficiente comida o suficiente agua y el siguiente pozo está a 200 kilómetros”.

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Y eso que el asturiano suele ir bien aprovisionado de víveres, no sin antes haber estudiado con precisión sus necesidades. “Depende de la expedición, pero si es en un entorno ártico, necesito alrededor de 5.000 kilocalorías al día. Además, hay que llevar cosas muy ligeras, que ocupen poco y que se preparen fácilmente. Suelo ingerir comida criogenizada y tentempiés con alto valor energético: chocolate, frutos secos o turrón”. Todo ello en una mochila donde no nunca falta la tienda de campaña, el saco de dormir, un hornillo, las cámaras de fotos y de vídeo, los mapas, la brújula y un cuchillo. De esta forma, su equipaje -incluido el ya citado portabultos- alcanza “entre 50 y 80 kilos”.

“Como suelo llevar peso, intento trabajar con cargas en mis entrenamientos. Entreno en la playa tirando de pesos y neumáticos, y hago otro tipo de deportes como esquí de fondo o esquí de travesía, que viene muy bien para aprender a manejarse en condiciones frías. Intento simular las condiciones y los entornos que me voy a encontrar”, dice acerca de su preparación física. Asimismo, sus expediciones también plantean a priori un desafío psicológico, habida cuenta de las muchas horas de soledad que implican y su transcurso por paisajes en ocasiones monótonos. “Sería una temeridad decir que se está más seguro en solitario, pero yo voy muchísimo más concentrado que yendo con más personas, sobre todo si ya hablamos de cuatro o cinco individuos. A veces da una falsa sensación de seguridad ir acompañado, porque te apoyas en el grupo y por eso ocurren algunos accidentes. Siempre hay uno o dos líderes que van orientando y haciéndolo todo, pero si por lo que sea se pierden, el resto de gente no sabe dónde anda”.

Más allá de lo físico

Pero la seguridad no es el único motivo que Granados aprecia de situaciones como la suya, convirtiendo una teórica desventaja en un oportunidad inmejorable para interactuar y mimetizarse con el entorno. “Yendo en solitario, te resulta más fácil comunicarte con la gente local respecto a si vas en grupo. Tanto por su parte, que están mucho más receptivos, como por uno mismo, que no se cierra tanto a un compañero o compañeros. Estás más abierto. Cuando llevas una semana sin ver a nadie y llegas a un poblado aborigen o de esquimales, quieres comunicarte con ellos”. Tanto es así que nuestro protagonista sitúa al mismo nivel la inquietud aventurera y la inquietud intelectual como motor de sus viajes, donde incluso se ha convertido en altavoz de ciertas cuestiones sociales. “Desde el principio de los tiempos, el ser humano siempre ha buscado superarse a sí mismo y gracias a eso nos hemos adaptado y hemos sobrevivido. En una expedición tienes esa parte de reto deportivo, de cubrir tu objetivo, pero también esa inquietud inicial -desde que llevo andando en bici- de conocer lugares, culturas y gentes. Trato de compartir mis experiencias con otras personas, intento aportar un valor a la sociedad y si puedo hacer algo solidario o cultural, mucho mejor, pero quiero hacerlo bien. No quiero ponerme en mi camiseta ‘No a las drogas’ o ‘No al hambre’ y ya está, que es lo que hace mucha gente para vender su proyecto. Me parece una forma engañosa de hacer las cosas. Me gustaría hacer algo con propiedad. Llevar medicamentos a un pueblo de África o ayudar de alguna manera con comida a la gente que realmente lo necesita. Pero no quiero hacerlo por vender el proyecto sin más. Quiero hacerlo por ayudar a esa gente. Porque esa gente sí que ha sido y es solidaria conmigo. Algún día me gustaría devolver aunque solo fuera un grano de arena de esa solidaridad”.

Sin duda, el asturiano agradece ser bien recibido en todos esos lugares recógnitos, no siempre documentados de la mejor manera posible. “A veces, en estos sitios, los mapas que existen no te los puedes ni imaginar. Recuerdo que atravesé los Urales con unos mapas de hace 30 años, en escala 1.200.000. Una escala muy mala para la travesía que hice. Tuve varios incidentes con la orientación y de hecho me perdí en varias ocasiones, porque en 30 años hay muchas modificaciones”.

Pero sus recuerdos más frustrantes son también los más recientes, pues por incidencias ajenas a su persona no pudo culminar sus expediciones al Kilimanjaro y a Groenlandia. En marzo de 2011, tras alcanzar la falda de dicha montaña por la vía de la estepa Masai y después de una primera ascensión a pie, la burocracia tanzana le denegó su beneplácito para subir el pico en bicicleta, pese a que ya se había comprometido a otorgárselo con anterioridad. Por si fuera poco, en abril de 2012, la prohibición de rodar en solitario y una prematura primavera que favorecía el deshielo el impidieron completar la travesía a la isla más grande del planeta. “Tengo ganas de volver a Groenlandia. En realidad, lo que ocurrió fue que la moto de nieve del equipo de filmación (de la Televisión Pública Asturiana, que le acompañó en aquel viaje) no podía pasar. Yo estaba preparado y el material era el correcto, pero no me podía separar de esa expedición paralela. Del Kilimanjaro no me quedaron más ganas. No voy a negar que duele mucho, porque había invertido muchísimo tiempo y muchísimo dinero”.

Pero la suerte dejó de serle esquiva el mes pasado, permitiéndole reencontrarse con el éxito en el Báltico y en el lago Inari. “Estas expediciones las tenía en mente desde que crucé Escandinavia hace cinco años. Entonces no pude hacerlas porque las condiciones no lo permitían y la bicicleta no era la correcta. Ahora vengo satisfecho porque he cumplido dos objetivos que en su día se quedaron en el tintero”. En esos destinos, Granados tuvo que enfrenarse a una gélida climatología, contrarrestada con una vestimenta “que a cualquier biker o a cualquier ciclista le causaría risa”. “No puedes pedalear a 20º ó 30ºC bajo cero con un culotte por muy bueno que sea. Hay que utilizar diferentes capas de ropa. Las manos y los pies son fundamentales, la cara también… Del casco casi te tienes que olvidar, porque hay que llevar gorro y pasamontañas. Tienes que ir bastante abrigado y en la capa final el cortavientos es bastante importante”, explica un hombre que ha pedaleado soportando una temperatura mínima de 30º bajo cero y una máxima de 48º “a la sombra y medido con un termómetro de precisión, que es la manera correcta de medirlo”.

Derribando puertas y ventanas

“El calor es bastante insoportable, pero el frío es realmente crítico”, sentencia nuestro protagonista, que entre noviembre de 2008 y febrero de 2009 vivió el considerado verano austral más caluroso de la historia. Con muchas anécdotas en el zurrón, en las antípodas sitúa una que recuerda con especial cariño, aunque sin perder nunca la perspectiva. “Los aborígenes por naturaleza siempre han sido nómadas y el gobierno australiano se empeña en hacerlos sedentarios en comunidades. Les proporciona una casa, pero ellos todavía no se adaptan. Me llamó la atención que para hacer un fuego y cocinar algo, cogían las puertas y las quemaban. Pero es que cuesta mucho adaptarse. Hace veinte años eran nómadas, seguían comiendo hormigas, iguanas, serpientes, y es complicado para ellos. Piensan. “Necesitamos madera; aquí tenemos las puertas. Las picamos en leña y las utilizamos”. El hombre blanco se empeña en inculcar ciertas costumbres a estas gentes y los tiempos no son tan rápidos”.

Paradójicamente, tiempo es lo que le falta a Juan Menéndez Granados, cuya presencia aguarda el único continente que todavía espera ser conquistado por este ‘descendiente’ de Don Pelayo. Entretanto, el asturiano persiste en su empeño de llamar a toda ventana de posible financiación. Cada día, cada minuto, cada segundo. “Mi gran objetivo, mi gran sueño, es vivir de estas expediciones, porque los medios son fundamentales. Si tienes medios puedes hacer grandes cosas”. Esta última opinión es la única ‘media verdad’ que de manera inconsciente entraña su relato, pues si acumular diez expediciones ‘imposibles’ sin apenas dinero no supone hacer ya algo grande, entonces estamos faltando a la verdad.

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